viernes, 6 de marzo de 2015

65. Ventíun minutos II

Erase una vez

... un niño al que le regalaron una guitarra 
y se vio obligado a aprender a tocarla.

... un niño que estaba aprendiendo a tocar la guitarra 
pero le interesaba más el silencio que la música.

... un niño que amaba el silencio hasta 
que escuchó a una niña tocar el violín.

... una niña que no quería aprender a tocar instrumentos 
musicales, pero a la que no le hacían falta instrumentos 
para exudar música por todos los poros.

... una niña musical que sacudió el silencio
 de un niño, y luego se fue.

... una niña que creció podía hacer que el mundo 
bailara, pero que jamás se dio cuenta.
 
... un niño que creció para convertirse en un joven 
que extrañaba una época en la que el mundo parecía 
tener ritmo, en que las canciones le hablaban.

... un niño y una niña que crecieron y volvieron 
a encontrarse, y se hicieron amigos, como debería 
haber sido desde el principio, y sus vidas, 
su silencio y su música se entrelazaron.

... dos niños que habían crecido y se sentían felices 
juntos, completos, cómodos y creyeron que podían 
quedarse así para siempre.

... un ahogado que atinó a cruzarse en la playa con estos dos 
niños que habían crecido, que tenía la piel pálida, los brazos 
doblados y rígidos, y la boca espumosa como la boca de una 
perra que la niña había tenido. Un ahogado que los tocó a 
ambos, que estremeció los cimientos de sus vidas.

... una niña que miró su futuro y se sintió sola, sola, sola 
y quiso salir corriendo, sin jamás detenerse, huir y huir 
hacia donde no pudiera alcanzarla la muerte.

... un niño que miró su futuro y se sintió débil, débil, débil y 
quiso enterrarse bajo la arena y nunca más volver a salir.

... una promesa que un niño que se sentía débil, débil, débil, 
que no se enterró bajo la arena, le hizo a una niña que se sentía 
sola, sola, sola, que unos meses después empezaría a correr 
hacia un lugar en el que la muerte no pudiera alcanzarla.

... una niña que se convirtió en mujer y se mudó a otro país 
con su mejor amiga y que corría hacia todos lados a la vez, 
que estaba en todas partes al tiempo, que dormía apenas 
lo justo para nunca quedarse demasiado quieta, 
a la que la muerte alcanzó.

... un carro en el que iban dos mejores amigas, una mujer
 que corría y una mujer que bailaba. Un carro que 
salió de su vía por un par de segundos.

... un par de segundos que fueron suficientes para que dos 
carros se encontraran frente a frente, para que un cinturón 
de seguridad defectuoso fallara, para que las vertebras 
de una mujer se rompieran, para que un mundo entero 
se viniera abajo, para que todo diera vueltas y vueltas;
para que la mujer que corría supiera que no podía huir.

... una mujer que bailaba que perdió el uso de sus extremidades, 
pero que jamás quiso culpar a su amiga.

... un hombre llamado Julio, que siguió al lado de la mujer que 
bailaba, a pesar de todo. Un hombre que sabía muy bien a 
quien culpar, no al destino, no al cinturón, no a la suerte ni 
a Dios sino a una mujer que había conocido toda su vida.

... una mujer que corría que descubrió que estaba sola, sola, 
sola y cansada. Una mujer que había estado sufriendo de 
intensos dolores de cabeza, que en ocasiones olvidaba 
lo que estaba haciendo, a la que cada vez le costaba 
más trabajo leer. Una mujer que estaba muriendo 
y demasiado cansada para luchar.

... un hombre que se sentía débil, débil, débil. Un hombre 
que quería enterrarse bajo la arena y no lo hacía 
porque alguien lo necesitaba. Un hombre al que 
le recordaron una promesa y aceptó cumplirla.

... una mujer que ya no tenía fuerzas para correr, que había 
decidido morirse, y un hombre que había prometido no 
dejarla sola pero empezaba a cuestionarse si quizás podría 
salvarla. Una mujer que le abrió la puerta un día, y ante 
sus ojos, sin avisarle antes, se tomo un vaso con pastillas 
pulverizadas. Un hombre que la ayudó a acostarse en los 
cojines fosforescentes que componían la sala de la mujer,
 y se sentó al lado de ella a contarle las últimas historias.

... una mujer a la que la muerte alcanzó en veintiún minutos
 y un hombre que sostuvo su mano todo el tiempo 
aunque se sintiera otra vez débil, débil, débil, 
y le temblara todo el cuerpo. Un hombre que puso 
bajo la nariz de la mujer un espejo. Un hombre que 
abandonó el apartamento sin que hubiera 
pasado media hora desde que había llegado.

... un hombre que se sentó en las escaleras temblando y 
sintiéndose débil, débil, débil. Un hombre 
que pensó en que siempre era ella la que se iba
 primero, la que lo abandonaba, la que se llevaba la música 
y le dejaba a él sólo un silencio que pesaba más que 
antes de que ella llegara.